PROPIEDAD INTELECTUAL

además: Aspectos Legales
 

Triste historia de la semilla
 Rodrigo Carazo Odio


Estas líneas fueron  escritas en julio de 1999. Los diputados de entonces rechazaron UPOV. Hoy,  en la nueva ofensiva UPOV se le exige a Costa Rica que si aprueba el TLC,  debe aprobar tan negativo plan (Artículo 15 del Tratado de Libre Comercio  entre Estados Unidos de América, Centroamérica y República Dominicana)  
 

Por Unidad de Formación, Información y  Comunicación UFIC-ANEP  
  
  En aquellos años de mi niñez y adolescencia, escuchaba decir a mi padre  y a mi abuelo que el campesino que se comía la semilla estaba perdido. La  semilla, así considerada, era señal de continuidad de cada cosecha. Por  ejemplo, se escogían las mejores mazorcas y de ellas los granos gordos  para sembrarlos el próximo año. Los vecinos intercambiaban semilla y así,  cada año, se iba mejorando la que era sembrada.
A lo largo de milenios  de trabajo, la observación y la inteligencia iban mejorando lo que era  sembrado; resultado del avance de una cultura puesto que lo arriba dicho  era repetido en todas partes y a lo largo de centurias. A este esfuerzo se  sumaron con el tiempo universidades y centros de investigación que  mejoraban semillas en beneficio de la sociedad. En nuestro continente  había por todo ello variedad genética.

De repente, la  investigación combina la codicia con el trabajo de milenios Centros de  investigación desarrollan ciertas características en la semilla producida  por el avance de milenios y, lo inconcebible, logran que en los Estados  Unidos la Corte Suprema autorice que se patenten formas de vida y que  tales patentes estén protegidas por leyes que vela por la “propiedad  intelectual”.

Si un laboratorio introduce un cambio genético  en una semilla puede patentarlo en beneficio propio y, por lo tanto, en  perjuicio de la humanidad; ¿podrían hacer lo mismo quienes por miles de  años mejoraron la semilla partiendo de la creación y cooperando con el  desarrollo sostenible? Claro que no, loas poseedores del “poder” se  protegen entre sí y los campesinos no pueden probar su contribución, ni  mucho menos individualizar los méritos de sus logros. La Corte Suprema de  los Estados Unidos, por una mera interpretación, puso en manos de unas  pocas corporaciones la suerte de la semilla y con ella la suerte de la  agricultura y la alimentación en su propio país.

Pero el poder de  la codicia es increíble, con motivo de las ideas de “libre  comercio” y de “globalización”, en 1992 se firma y se entra en  vigencia el tratado de Libre Comercio de Norteamérica y con éste se les  impone a los países firmantes la aceptación de las leyes de la propiedad  intelectual vigentes en Estados Unidos. A partir de ese momento la presión  se cierne sobre el planeta entero, a cuyos países se les dice y presiona  para que acepten las normas de protección a la propiedad intelectual  típicas de la nación del Norte como condición básica para tratar con ella  en lo económico y financiero. Es de aclarar que la semilla patentada (o  eventualmente el animal de una raza patentada) deberá pagar cada cosecha  los derechos que la patente demande y será presa del uso de determinados  fertilizantes, pesticidas, puesto que la semilla condiciona su consumo.  

La civilización a la que pertenecemos, planetaria y diversa como  es, se ha negado por milenios a aceptar la imposición de monopolios sobre  materia viva por consideraciones de carácter cultural, ético, sociológico,  religioso, natural, legal y tecnológico.

Hoy, para algunos  economistas y políticos, las consideraciones religiosas, éticas,  culturales y sociológicas, no son de importancia; lo tecnológico lo vencen  con capacidad y conocimiento; lo legal lo arreglan por ser la vía del uso  del dinero y lo natural es también superado por la falta de ética y oral,  que olvidan con facilidad corrupta que el hacerse dueño de un don de la  naturaleza que pertenece a la humanidad es un delito. Sobre todo si se  impone tal pertenencia en razón del poder político, militar o económico,  como sucede en nuestros días.

En ese nuestro mundo en que los  jefes de gobierno de los países pequeños buscan dueños para ellos y para  sus pueblos cuando visitan la meca del dinero, resulta difícil que se  comprometan a defender –junto con sus pueblos- la suerte de la semilla, de  la materia viva.
Quienes han visto a las grandes corporaciones  buscando –y desgraciadamente obteniendo- apertura y privatizaciones de  empresas y servicios públicos y creen que ello es “aceptable” es  hora de que se den cuenta de que también pretenden obtener –y lo están  logrando con la corrupta complicidad de muchos- la privatización de la  materia viva y con ella la privatización de la agricultura y la producción  de comida, valga decirlo de manera clara, la privatización de la totalidad  de los bienes comunes.

Entre otras muchas razones, el no aceptar,  como Presidente de Costa Rica, que nuestra vida quedara sujeta del todo a  la privatización –“privatización de la biodiversidad”, imagínese-  fue base para no aceptar que mi país firmara los compromisos impuestos por  el Gatt, hoy conocido como Organización Mundial de Comercio y por la Unión  Internacional para la protección de obtenciones vegetales (UPOV). Mi  cultura costarricense me enseña a pensar que, quien no tiene semilla, está  perdido.



Fuente: cr-solidaria@costarricense.cr.   

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