| Terminator: hacia la bioesclavitud
Silvia Ribeiro*
A finales de los años 90, el gobierno de Estados Unidos desarrolló,
junto a la compañía semillera Delta & Pine Land, la tecnología
transgénica "Terminator" para producir semillas estériles en
la segunda generación. Las semillas "suicidas" no tienen ningún
sentido salvo para las empresas: el objetivo es impedir que los agricultores
reproduzcan su semilla, obligándolos a comprar semillas nuevas para
cada ciclo de siembra.
No pudieron imponer la tecnología al mercado, porque es tan evidente
que es nociva y dirigida exclusivamente al lucro de unas pocas empresas, que
desde el comienzo desató una fuerte reacción mundial. La condena
se manifestó rápida y enérgicamente desde el mundo campesino
y organizaciones de la sociedad civil hasta investigadores agrícolas,
académicos y organismos de Naciones Unidas.
En 2000, el Convenio de Diversidad Biológica (CDB) de Naciones Unidas
llamó a los gobiernos a no permitir la experimentación y comercialización
de la tecnología Terminator, estableciendo una moratoria de facto a
escala global. Brasil e India ya han prohibido el uso de esta tecnología
en sus países.
Ahora las trasnacionales están en una lucha a muerte para romper la
moratoria y lavar la imagen de la tecnología suicida-homicida. El próximo
campo de batalla es la octava conferencia de las partes del CDB, que se realizará en
Curitiba, Brasil, del 13 al 31 de marzo.
Para la mayoría de los agricultores, cosechar y volver a utilizar las
semillas en la próxima siembra es algo tan obvio y vital como respirar.
Inclusive quienes compran semillas en el mercado, híbridas o comerciales,
reproducen sus propias semillas cuando el tipo de cultivo se los permite sin
alterar significativamente los rendimientos. En muchos países, como
Brasil, existe la costumbre entre pequeños agricultores de comprar semillas
y cruzarlas con sus propias variedades criollas para conseguir cambios que
los favorezcan. Más de mil 400 millones de campesinos en el mundo basan
su sustento en la reutilización de sus semillas y el intercambio con
sus vecinos.
Este hecho que ahora nos parece tan obvio, fue un hito en la historia de
la humanidad: marcó el origen de la agricultura, modificando civilizaciones,
culturas y paisajes, siendo hasta hoy la base de la alimentación de
todos. Todos los cultivos que comemos actualmente fueron desarrollados por
campesinos -principalmente campesinas- a partir de ancestros silvestres, en
un proceso colectivo y descentralizado de más de 10 mil años.
Fueron adaptando miles de cultivos a innumerables situaciones geográficas,
climáticas, culturales, religiosas, estéticas, gustativas, creando
una enorme biodiversidad agrícola. Tarea por esencia familiar, comunitaria
y colectiva, que se basa en el libre flujo de semillas, saberes y "crianzas
mutuas", al decir andino. Criando los cultivos se crían las personas
que crían los cultivos.
Esta monumental herencia histórica de los campesinos para bien de toda
la humanidad, está amenazada gravemente por la ambición brutal
de las trasnacionales. En la última década, 10 empresas han pasado
a controlar 49 por ciento del comercio mundial de semillas. Las tres mayores
(Monsanto, Dupont-Pioneer y Syngenta) controlan 32 por ciento del mercado global
de semillas y 33 por ciento de las ventas mundiales de agrotóxicos.
Junto a Delta & Pine tienen 86 por ciento de las patentes sobre variantes
de la tecnología Terminator y dominan la investigación agrícola
industrial global. Si logran romper la moratoria, será cuestión
de poco tiempo antes de que toda la investigación y la producción
de semillas pasen a incorporar la tecnología asesina.
El 27 de enero pasado, en una reunión preparatoria del CBD realizada
en Granada, España, las trasnacionales, mediante maniobras de los gobiernos
de Australia, Canadá, Nueva Zelandia y Estados Unidos, lograron clavar
una cuña mortal en el contenido de la moratoria: colocaron como texto
base para la decisión final en Curitiba que las Tecnologías de
Restricción del Uso Genético (nombre usado en Naciones Unidas,
que incluye la tecnología Terminator) pueden ser aprobadas "caso por
caso".
La formulación es una trampa. "Caso por caso" en la realidad de las
leyes Monsanto (mal llamadas de bioseguridad) no es más que una cuestión
de tiempo para que las empresas consigan lo que buscan: primero transgénicos,
luego Terminator.
En el CBD, de un llamado a moratoria total a la comercialización y experimentación
a escala global, se pasa a que se podría aprobar "caso por caso". Sería
como si en las leyes, en lugar de condenar la violación, dijeran que ésta
se puede evaluar "caso por caso". Si algo es indeseable e inmoral, no existe
ningún "caso" que lo transforme. Lamentablemente, no sorprende que la
delegación oficial mexicana en Granada tuviera instrucciones escritas
de apoyar la posición de "caso por caso". Sería interesante saber
quién "los instruyó", pero de cualquier manera es un atentado
a la soberanía alimentaria del país.
Luego de años de anunciar que Terminator es para proteger sus patentes
y monopolios, ahora las empresas inventaron que es para la "bioseguridad",
porque, aunque las semillas se crucen, no contaminarían. Esto es otra
falacia, ya que Terminator es una construcción genética de reacción
en cadena, y si no se le aplica un detonante químico, las plantas podrían
cruzarse por varias generaciones, sin que nadie lo advierta, hasta que una
fumigación las active y devaste los campos. Si estuvieran "activadas",
las plantas Terminator se cruzarán con los campos vecinos y con parientes
silvestres, volviéndolos estériles.
No existen "casos" en que Terminator no sea una tecnología asesina.
El único camino es fortalecer la moratoria, convirtiéndola en
una prohibición de esa tecnología a escala global y nacional.
*
Investigadora del Grupo ETC
Para más información y acciones contra Terminator consultar http://www.terminarterminator.org
|