Competitividad de la soya ¿ilusión
o realidad?
Las noticias recientes de que Venezuela ha decidido otorgar preferencias
arancelarias a Estados Unidos al igual que las otorgadas a los países de la Comunidad
Andina de Naciones (CAN) para la venta de soya, ha caído como un balde
de agua fría a nuestros agroindustriales soyeros, y no es para menos,
puesto que Bolivia comercializa el 75 por ciento de la producción soyera
hacia Venezuela, siendo el principal comprador de tortas, grano y aceites de
soya boliviana.
La soya aporta el seis por ciento del PIB boliviano, ocupa el segundo lugar
en las exportaciones, después de los hidrocarburos, representando casi
una cuarta parte de las exportaciones, el año pasado ha generado 387
millones de dólares y cada año genera 45.000 empleos directos,
sin contar el sector de transporte y comercio. Las 973 mil hectáreas
cultivadas en la última campaña representan más de un
tercio de la superficie cultivable, en su gran mayoría (77 por ciento)
son pequeños productores, quienes cultivan entre una y 50 hectáreas,
un 21 por ciento son medianos ˆentre 51 y 1.000 Hasˆ y un dos por ciento son
grandes productores con superficies mayores a 1.000 Has.
Nuestro país es el principal proveedor de soya y derivados dentro de
la Comunidad Andina, donde llegamos a exportar el 82 por ciento del complejo
oleaginoso. Esto se debe a las preferencias arancelarias de la CAN que han
mantenido la competitividad de los precios de la soya boliviana respecto a
los grandes productores como Estados Unidos, Brasil o Argentina. Esta situación
ha permitido la expansión de nuestras exportaciones e incluso el incremento
de las importaciones de grano de soya para industrializarlo y reexportarlo
a este mercado preferencial.
Si comparamos nuestros costos de producción con los de los principales
países productores ˆEstados Unidos, Argentina o Brasilˆ Bolivia tiene
los mayores costos de producción, pero no necesariamente por los costos
directos, sino por los elevados costos y las condiciones del transporte vecinal,
regional y fluvial que encarecen el costo final de la soya y sus derivados.
Por ello la apertura de los países de la CAN otorgando un trato en igualdad
de condiciones a terceros países, en este caso Estados Unidos, significa
una disminución de la demanda de soya boliviana, y la pérdida
de nuestros ingresos por exportación. No obstante y a pesar de la impugnación
a Venezuela ante la CAN, éste no es un sueño lejano sino una
realidad latente, las negociaciones del TLC Andino y los acercamientos de integración
CANMercosur previenen que en los próximos años nuestras
frágiles ventajas comparativas van a desaparecer.
Si Hugo Chávez busca un acercamiento económico con Estados Unidos,
es un tema en el que tenemos poco poder de intervención, lo que debe
alarmarnos es la fragilidad que significa para nuestro principal producto agroexportador.
Ante esta situación, los exportadores bolivianos están buscando
alternativas para incrementar la productividad del grano de soya, una de ellas
ha sido la de probar en la última campaña con la siembra de semillas
transgénicas RR, para poder abaratar los costos de producción.
En un estudio reciente, Fobomade señala que la producción con
semilla RR realizada en Argentina no incrementa la productividad ni ha
logrado disminuir sustancialmente los costos excepto para grandes superficies,
en nuestro caso aún si esta semilla lograra mejoras en la productividad
nuestros costos seguirán siendo mayores que los de nuestros vecinos
y no lograremos resolver nuestros problemas más estructurales.
Por el momento la intervención de la CAN ante Venezuela puede significar
la resolución del conflicto soyero en el corto plazo, sin embargo, la
ilusión de competitividad del grano de soya boliviano tiende a disiparse
en los siguientes años, por ello se debe tener una política exterior
que genere alternativas de comercio de largo alcance, primero ante el eminente
temor de los países de la CAN de que estemos aprovechando nuestra posición
de nexo entre Mercosur y la CAN para reexportar productos agrícolas
hacia la Comunidad Andina, para ello debemos ir con una postura clara y estratégica
de vínculo comercial, energético y caminero; por el otro lado,
nos queda la tarea de disminuir los costos de transporte, mejorando los tramos
camineros y negociando con nuestros vecinos sobre los fletes fluviales y el
proyecto Puerto Bush que todavía nos queda pendiente como corredor exportador.
Por último, la política agropecuaria no debe enfocarse sólo
en la búsqueda de mercados para la soya, sino en mejorar la competitividad
de nuestra producción para el mercado, dejando atrás nuestro
complejo monoproductor./Bishelly Elías Argandoña CIPCA
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