La Jornada, Viernes 23 de diciembre de 2005
Cuentos chinos en Hong Kong
Silvia Ribeiro*
En el núcleo duro de los resultados de la reciente reunión de
la Organización Mundial de Comercio (OMC) en Hong Kong, hay cuatro puntos
que destacan: la obligación de privatizar el acceso al agua, educación,
salud, energía, biodiversidad, etcétera, bajo el engañoso
nombre de "servicios"; el desmantelamiento de las industrias en los países
del Sur; la impunidad y apoyo gubernamental a la agricultura industrial para
actuar contra la soberanía alimentaria y las agriculturas de pequeña
escala y campesinas en todo el mundo. Por último, pero altamente significativo,
la operación de salvataje de la OMC como institución, con la
admisión paradigmática de los gobiernos de Brasil e India al
exclusivo club de Estados Unidos, Unión Europea, Japón y unos
pocos gobiernos más que deciden por arriba de todos los países
en función de los intereses de las grandes empresas trasnacionales.
Algunos dirán que ésta es una visión exagerada y que aún
no se privatizan los servicios, sino que apenas se acordó "el inicio
de las negociaciones plurilaterales sobre servicios" y precisiones similares
en otros temas, como que la Unión Europea puso plazo hasta 2013 para
reducir sus subsidios agrícolas. Incluso para algunos medios masivos,
el nuevo papel de Brasil e India representó un triunfo para los países
del sur. Lamentablemente, esta visión es resultado de pensar que en
los circos romanos los cristianos tenían oportunidades frente a los
leones, o que invitar a un par de plebeyos a aplaudir la matanza desde el palco
imperial cambiaría el resultado.
La realidad es que se logró montar a todos los gobiernos en el resbaladizo
tobogán que termina en la privatización de los servicios y dar
aún más entrada a las trasnacionales en todos los ámbitos
de la vida de los países. A la luz de la historia de la OMC, esto es
sólo cuestión de tiempo. Al igual que cuando se introdujo en
ella el tema de propiedad intelectual, en pocos años se culminó cumpliendo
el objetivo central: obligar a todos los países a introducir patentes
sobre seres vivos para proteger los intereses de las multinacionales farmacéuticas
y agrícolas que comercian con la vida.
No es novedad que la OMC es la instancia internacional gubernamental más
poderosa del planeta: lo que allí se decide tiene más fuerza
que cualquier legislación nacional o internacional. Desde su inicio
como GATT, siempre fue una institución profundamente antidemocrática,
donde las decisiones no se toman realmente en la asamblea de miembros, sino
en reuniones cerradas llamadas de "sala verde" (que hace referencia al despacho
del director ejecutivo del organismo), que son autoconvocadas y exclusivas
entre representantes de los países poderosos, invitando ocasionalmente
a algunos otros.
Pese a ser una institución tan poderosa, no deja de ser una fachada.
Quienes realmente deciden son las megacorporaciones cuyo poder sigue aumentado.
Al 2004, las 200 empresas mayores controlaban 29 por ciento de la actividad
económica del planeta. Debido a las fusiones, cada vez son menos, y
en varios campos, como por ejemplo en el comercio de cereales, apenas tres
controlan más de 75 por ciento (Bunge, Cargill, Dreyfus); en el área
del agua, Veolia (ex Vivendi) y Suez tienen 70 por ciento en el mercado; en
semillas transgénicas sólo Monsanto controla 90 por ciento; en
farmacéutica las diez mayores tienen 59 por ciento del mercado global,
situación que se repite en todos los sectores.
No obstante su enorme poder económico, necesitan una cobertura legal
que les garantice que no tendrán problemas al actuar dentro de los países.
Podrían hacerlo -y lo hacen- en cada nación, ya que en la gran
mayoría las empresas están entretejidas en el poder político
con relaciones que van desde la dependencia a la corrupción. Pero como
son empresas globales, resulta mucho más eficiente que un "gobierno
mundial" obligue a todos a cambiar sus leyes. Este es el papel de la OMC.
Dentro de los bloques de gobiernos poderosos también hay jaloneos, porque
representan a grupos empresariales que compiten entre sí. Justamente
estas contradicciones, y las protestas cada vez mayores de organizaciones sociales,
fundamentalmente campesinas, pusieron en crisis la existencia del propio organismo.
Muchos analistas expresaron que la institución no soportaría
un nuevo fracaso como el de Seattle y Cancún sencillamente porque perdería
la función para la que fue creada. En este contexto resulta muy perverso
el papel de Brasil e India. Apareciendo como interlocutores "válidos" de
países del sur, en realidad su puja por acceso a los mercados del norte
promueve el aumento de la agricultura de exportación manejada por grandes
capitales industriales, que tiene efectos catastróficos en los campesinos
y el ambiente de sus propios países. Capitales que son nacionales en
absurda minoría -pero igualmente explotadores- y en mayoría transnacionales
o subsumidos a éstas.
Con nada más que promesas diferidas, que ocultan una restructura de
subsidios para seguir favoreciendo a la agricultura industrial y terminar de
liquidar a los campesinos europeos, aceptaron y compulsaron a los demás
países del sur a subirse al tobogán de las demandas pendientes
de las trasnacionales: apertura de sus servicios y acceso a sus mercados de
productos no agrícolas. La Coalición de Industrias de Servicios,
de las trasnacionales del sector, expresó entusiasmo por los resultados
que les brindan "un nuevo ímpetu muy útil para negociaciones
serias el próximo año".
Ni las maniobras de gobiernos "populares" ni la represión -siguen presos
14 manifestantes en Hong Kong- terminarán la resistencia de campesinos
y organizaciones sociales. Están en juego la soberanía alimentaria,
los servicios básicos y la vida misma.
* Investigadora del Grupo ETC
|